Publicado por juanbenedi @ 18:48
La vida nos ofrece sus fragancias, envueltas en celofanes de magia y de misterio. Lo evidente, lo conseguido con facilidad, nos proporciona conformidad y sosiego. Lo que se insinúa y escapa, las ilusiones, los sueños, nos mueve, nos emociona, nos absorbe en una búsqueda idílica, hacia la satisfacción del deseo; hacia la utopía del paraíso. Pero tales aventuras, próximas en la adolescencia, van quedando recluidas poco a poco, con el paso de los años, en las cámaras umbrías del pasado. La vida adulta y responsable no permite ciertas excentricidades de "jovencitos ociosos". Cuesta mucho trabajo, esfuerzo y dedicación arrancar al medio, al mundo, los dones del salario. Las ilusiones se van cegando con amargos desengaños y desconfianzas.
Y un buen día, en una tarde brumosa, llegamos al famoso umbral de los cuarenta, más o menos. Sentados ante una taza de café, con la mirada perdida, de improviso se insinúa un no-sé-qué, ansioso; un pálpito que nos inocula sospechas y temores por entre las entrañas. Desde las vísceras más tiernas nos increpa, con palmaditas en la frente. Y entonces se nos caen el telón y los decorados. Sólo nos quedan los andamios, las cuerdas y los parches de la tramoya: los trapos sucios y ese inquietante y mordaz duendecillo que exclama: ¡qué asco! Hay quienes prefieren denominarlo estrés; estrés emocional o vacío existencial. Es un estrés que nos llega por exceso de presión; la presión de las frustraciones. Se va dejando sentir el tufillo de la insatisfacción, de los sueños truncados, a pesar de los denodados intentos por taparlos con impulsos consumistas. Nuestra mente no para de dar vueltas y más vueltas, en la noria de la ansiedad.
Ciertos síntomas depresivos, años después, nos hacen dar tumbos de acá para allá y por fin, tras el empujón que alguien nos da, inocente, damos con nuestros huesos en la consulta de la persona experta en esas cosas: psiquiatra, psicoterapeuta o asistente espiritual. Desde la medicina, en primera instancia, nos encontramos con el o la profesional habituada a ver rostros ojerosos. Sonriente y con algo urgencia, por el número de personas que esperan aún, nos proporciona una baja y unas pastillas para dormir y dejar de pensar en tonterías.
“Tómese una vacaciones, diviértase –nos dice- y volverá como nuevo, como nueva. Por ahí pasamos todos.”
Nosotros, con lo que nos queda de niñez e indefensión, hacemos caso. Hacemos caso en el mejor de los supuestos; en los demás, aguantamos con las pastillas, dentro de la tragedia del no poder parar.
Los afortunados y afortunadas nos embarcamos en la aventura del descanso idealizado, con una cierta ilusión y morbo. Pensamos en romper con la rutina y aventurarnos en el descanso, en el arte de disfrutar de la vida, por prescripción facultativa, con el beneplácito de la Seguridad Social. Al fin conseguiremos vencer el estrés, nos decimos. Y llega el día “d” a la hora “h”. Emprendemos un viaje a algún lugar exótico, bucólico o pastoril, en función del presupuesto. Unos kilómetros por delante se encuentra el relax: la libertad ansiada. Quedan atrás responsabilidades, deberes y obligaciones. Sin darnos cuenta, sin pensar en ello, creemos encontrarnos ante la chistera de un mago, con libro de conjuros y el resto del material; esperamos ver salir conejos y palomas: la satisfacción de todos los deseos tantas veces frustrados, a la espera de su segunda oportunidad. Lo malo es que pocas veces sabemos con exactitud lo que en verdad deseamos; tal vez que aparezca Santa Klaus, Olentzero, Papá Noel, los Reyes Magos, el príncipe azul o la “tía buena” de nuestros sueños y a ser posible todos juntos, con la sorpresa que nos solucionará la vida; alguna de las promesas subliminales de la publicidad. Pero el tiempo pasa y vuelve a pesarnos la vida. Tenemos que recuperar la rutina, tarde o temprano, y los fantasmas regresan con ella.
Unos devaneos perdidos nos encaminan por fin al origen del rescate vital. Estamos sentados en la butaca de un cine, de nuestra casa o de un centro de ocio, introduciéndonos en la emoción de una película de aventuras. Nos crujen en la boca palomitas de maíz, mientras la heroína o el héroe de la pantalla nos invita a abandonar las somnolencias lastimeras y a descubrir la fantasía. Comenzamos a darnos cuenta, como si de una iluminación mística se tratara: No es imprescindible que ocurran grandes cosas; lo extraordinario comienza cuando miramos, sentimos y nos movemos más allá de lo habitual. Toda aventura mágica parte siempre de lo cotidiano; no hay saltos al vacío del tiempo. La única diferencia entre un momento y otro, entre una experiencia y otra, es la forma en que la consideramos. La persona aventurera, la que disfruta y sonríe, sintiéndose en la plenitud de sus emociones y sueños, se encuentra entusiasmada con su expectativa. Se lo juega todo; pone toda la carne en el asador. Pero mantiene, al mismo tiempo, un mínimo de serenidad para observar las oportunidades que se le ofrecen; para estudiar la jugada. Y esta combinación de tensión y relajación, de alegría y espíritu de sorpresa, esa disposición para saltar como felinos, con los ojos bien abiertos a lo extraordinario, es la forma en que se consigue triunfar. Es entonces cuando la inteligencia ofrece sus mejores frutos y se logra el éxito, en lo que parecía imposible.
Se ha encendido la bombilla. Frente a la pantalla, la exterior o la de nuestra mente, contemplando nuestra propia aventura, hemos despertado. La emoción, el entusiasmo, amanece por entre las brumas del horizonte. Ahora somos capaces de vivir y todo parece brillar con más intensidad que antes. Estamos en el umbral del paraíso. Una varita mágica ha surgido en nuestras manos y ya sólo falta la dosis adecuada de confianza para dar el paso que nos transformará la vida; es la llave de la felicidad. De nosotros depende ahora convertirnos en protagonistas de la realidad o que todo, como tantas veces, quede fantaseado en un bonito sueño; un sueño que se irá olvidando paulatinamente. Y cuando es esta última la opción elegida, la vida nos besa en los labios virtuales y nos deja en ellos el recuerdo amargo de la frustración. Pero cuando, sintiendo la taquicardia de una sangre desbordada, nos decidimos a seguir nuestros impulsos, nuestros ingenuos y amables sueños, como aventureros que se arriesgan ante el “qué dirán”, entonces el encuentro se convierte en éxtasis. Como si se tratara de un orgasmo interminable, nos sacude y arrastra el entusiasmo por el caudal generoso de la ilusión. Ya no podemos parar. Acabamos de descubrir la aventura de vivir.
Hoy tienes la oportunidad de dar un paso, de tomar una decisión. ¿Qué harás con ella? ¿Hacia dónde te dirigirás? Expresa tu voluntad de vivir como realmente deseas. Aprovecha para mostrarte con determinación; para hacer tuyo, con pleno derecho, el dorado sueño de la felicidad. Hazlo tuyo y materialízalo, sin excusas, paso a paso y con los pies en el suelo. Es posible. Ten confianza. Camina.
Podemos pasar del estrés, de la frustración y la amargura, a la caricia de la ternura, la esperanza y la sonrisa de satisfacción. Podemos dejar atrás la preocupación y la aridez del rostro, como espejo del alma. Podemos relajarnos eutónicamente, equilibrarnos, jugar, crear y sonreír. ¿Te apuntas a la aventura?
Tags: Sentido de la vida, ilusión, crecimiento, optimismo
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